sábado, 8 de febrero de 2014

José Miguel su historia en Santa Lucía Cotzumalguapa...

Mi nombre es José Miguel Ramírez, nací en la ciudad de Santa Lucía Cotzumalguapa a principios del año 82. Para esta época la guerra interna en Guatemala había comenzado hacía muchos años, recuerdo muy bien cuando yo era un "patojito" de unos seis o siete años que se escuchaban fuera de mi casa los pasos sigilosos y escuchaba a mi abuelita decir "que Dios guarde a esos muchachos", yo no entendía y cuando preguntaba me respondía con un seco "no pasa nada".

Al año siguiente empecé a ir a la escuela y como vivíamos a dos pasos del cuartel militar No. 12 de Santa Lucía, siempre a las seis de la mañana se escuchaba el sonido de la molesta trompeta de un soldado para izar nuestro pabellón nacional, eran exactamente diez minutos de interminable sonido, lo mismo que a las seis de la tarde para bajar el pabellón.  Este sonido era de lunes a domingo, todos los días todo el año.

Para llegar a la escuela me tocaba pasar cada día frente al cuartel, donde veía a los batallones de soldados formados en grupos de más o menos 50, el capitán a cargo daba órdenes y cuando yo pasaba y él decía FIIIIRMES, me decía "soldado,,,,,no ha escuchado el "firmes" y me ponía como un "palito" firme y el saludo a la patria y entonces me decía "¿soldado a dónde va? y yo respondía " a la escuela" y él decía "bien soldado siga su camino" y yo de nuevo "si señor".

Lo recuerdo como si hubiese sido ayer, era un hombre canoso y su nombre EL CAPITÁN JUÁREZ, yo lo conocía ya que mi mamá era una de las cocineras del cuartel y me conocían desde pequeñito ya que como en mi casa no había tele yo me iba a ver "el chavo del ocho" a la tienda de doña Mery, allí un día por estar traveseando me clavé un clavo en la panza y fue precisamente el Capitán Juárez y un enfermero del cuartel quienes me auxiliaron y me cosieron.  No se me olvidan las palabras del capitán diciéndome "soldado vos serás capitán" mientras mi padre lloraba como una magdalena.

En 31 años de ir al cuartel tuve la suerte de no darme cuenta de las atrocidades que se cometían allí dentro, de la forma en la que se trataba a los chicos que eran agarrados los fines de semana en los bares del pueblo.  Los formaban a todos y les iban preguntando el nombre, la edad, si tenían hermanos o alguna enfermedad, entonces me di cuenta que entre los muchachos había uno que tenía un bracito más delgado y otro que dijo que lo habían operado y los apartaron a los dos, entonces me dije a mi no me agarran y así fue dije que estaba operado y listo me escapé.

La casa de mi abuelita Lorenza estaba construida a prueba de fenómenos naturales y también contra el hombre, allí no se inundaba, no le salían volando las láminas porque las habían clavado bien y tampoco le entraban las balas ya que la mitad de las paredes estaban hechas de piedra de pura piedra, porque a menudo habían ataques,,,pequeños pero los había.

Yo podía entrar en las instalaciones sin problema y miraba como a los pobres "patojos" que querían desertar los castigaban y entonces recordé aquella frase que decía mi abuelita....."Dios guarde a estos patojos" porque las palizas que les propinaban eran terribles y también los tiraban al pozo de aguas servidas o a la poza grande ya que al lado del cuartel pasaba el río Petalla, como había algunos que no sabían nadar como yo; los tiraban y después les tiraban un lazo cuando ya casi se estaban ahogando.  También les rellenaban la mochila de piedras y los ponían a dar vueltas corriendo en el hipódromo aunque estuviera lloviendo a cántaros o haciendo el peor calor del verano.

Otra cosa que recuerdo es poder entrar al comedor de la comandancia donde la comida era un lujo, abundante y buena; y donde habían pocas bocas para comer en cambio en el comedor de los soldados no era así; la comida era mala y escasa tanto así que los pobres tenían que llegar pronto para no quedarse sin comer porque además de pasar hambre si llegaban tarde también los castigaban.

Encima de todo no se bien si los soldados venían por su voluntad o eran forzados a venir; los comandantes decían que les pagaban muy bien pero yo no creo.  Los enviaban al campo porque decían que la guerrilla estaba muy activa.  Llegaron al cuartel unos carros grandototes verdes con unas ruedas que eran como el doble de mi altura, me dijo el capitán que eran tanquetas para atacar al enemigo, así como unos cañones enormes más grandes que los que tenían antes y también tres helicópteros como los que salen en la tele, todo lo habían recibido para defendernos de la guerrilla, eso decía el capitán.

Cuando cumplí 9 años perdí a mi abuelita una mujer intachable y de quien aprendí que siempre escuchara todos los consejos de las personas y decidiera cuál era el que me convenía, y que siempre lo pensara bien antes de actuar.  Esta es la ley con la que me he regido toda la vida.